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¿Trabajador o colaborador? Cuando el lenguaje también toma partido

En los últimos años se ha hecho cada vez más común escuchar que ya no hay “trabajadores”, sino “colaboradores”. La palabra suena bien. Es amable, moderna, aparentemente más humana. Nadie se molesta con ser llamado colaborador; al contrario, hasta parece un reconocimiento. Pero cuando uno se detiene a pensar con un poco más de profundidad, la pregunta surge casi de inmediato: ¿realmente cambió la realidad del trabajo o solo cambió la forma de nombrarla?

Porque una realidad es el lenguaje… y otra muy distinta es lo que ese lenguaje intenta ocultar o suavizar.

Desde la tradición del socialismo, el concepto de trabajador no es un simple término técnico. Es una categoría histórica, cargada de sentido. El trabajador es quien vende su fuerza de trabajo para poder vivir, en un sistema donde los medios de producción no le pertenecen. En esa relación, por más que se maquille, no es entre iguales. Hay una dependencia real, una asimetría evidente. Eso no lo inventó nadie por capricho; lo explicó con claridad Carlos Marx hace más de un siglo, y sigue teniendo vigencia hoy.

Decir trabajador es reconocer esa realidad. Es aceptar que hay intereses distintos entre quien contrata y quien es contratado. Es entender que los derechos laborales no surgieron por buena voluntad, sino por lucha, organización y conciencia colectiva.

Ahora bien, cuando se introduce el término colaborador, la narrativa cambia. Ya no se habla de relaciones de poder, sino de “equipos”. Ya no hay conflicto, sino “objetivos comunes”. Todo suena más armónico, más integrado, más bonito. Es ahí donde conviene detenerse.

Porque el problema no es que la gente colabore —eso siempre ha existido—, el problema es cuando esa palabra se utiliza para redefinir la relación laboral como si fuera horizontal, cuando en la práctica sigue siendo jerárquica. En el fondo, el llamado “colaborador” sigue dependiendo de un salario, sigue sujeto a decisiones que no controla y sigue sin poseer los medios con los que trabaja.

Entonces, ¿qué cambió?

Desde la lógica del capitalismo contemporáneo, el cambio no es inocente. Es estratégico. Se trata de construir una cultura organizacional donde el conflicto desaparezca del discurso, aunque siga presente en la realidad. Se busca que el individuo se identifique con la empresa, que sienta que “es parte”, que asuma responsabilidades… pero sin necesariamente participar en las decisiones fundamentales.

Aqui está el punto clave: cuando se diluye la palabra trabajador, también se debilita, poco a poco, la conciencia de lo que implica serlo.

No se trata de rechazar todo lenguaje nuevo ni de negar que las dinámicas laborales han evolucionado. Claro que hoy se habla de trabajo en equipo, de innovación, de liderazgo compartido. Todo eso es válido. Pero una cosa es mejorar el ambiente laboral, y otra muy distinta es sustituir conceptos que históricamente han servido para nombrar y defender derechos.

Llamar a alguien colaborador no lo convierte en socio. No lo hace dueño. No elimina la relación de dependencia. Solo cambia la forma en que percibimos esa relación.

Ahí radica el verdadero debate.

Porque, al final del día, las palabras no son inocentes. Nombran, pero también encuadran la realidad. Decir trabajador es asumir una posición: reconocer la existencia de desigualdades y la necesidad de organización para enfrentarlas. Decir colaborador puede ser, en muchos casos, una forma elegante de evitar esa conversación.

Por eso, más que discutir cuál palabra suena mejor, deberíamos preguntarnos cuál describe mejor la realidad que vivimos.
Sobre todo, cuál nos permite entenderla… para transformarla.