Redes sociales: Cuando el mal uso erosiona y daña la buena convivencia
Las redes sociales nacieron como herramientas para facilitar la comunicación, el intercambio de ideas y el acercamiento entre las personas. Sin embargo, en la práctica cotidiana, su uso irresponsable ha convertido muchas de estas plataformas en espacios donde proliferan la desinformación, el descrédito y el daño moral. Cuando se pierde el sentido ético, las redes dejan de ser aliadas del desarrollo y se transforman en factores de deterioro de la convivencia social.
En el entorno digital se multiplican a diario campañas de manipulación, ataques personales y difusión de informaciones falsas que afectan no solo a individuos, sino también a familias e instituciones. Estas acciones, motivadas en muchos casos por intereses políticos, resentimientos personales o simple afán de notoriedad, erosionan valores fundamentales como el respeto, la decencia y el sentido del bien común, pilares indispensables de toda sociedad democrática.
Un ejemplo reciente de los efectos nocivos de la desinformación se evidenció en el trato recibido por el sacerdote Rafael Delgado Suriel, conocido como el padre Chelo, tras concluir una eucaristía en la parroquia San Antonio de Padua. Versiones infundadas sobre el supuesto hallazgo de una osamenta en el sótano del templo generaron un innecesario tumulto y un abordaje irrespetuoso por parte de personas que se identificaron como comunicadores. Bastaba una verificación mínima de los hechos para evitar una situación que fue ampliamente rechazada por la población. Posteriormente, el propio sacerdote aclaró lo sucedido en el programa Despierta Ahora, desmintiendo cualquier insinuación de irregularidad.
Este episodio pone en evidencia un problema mayor: la ausencia de rigor, ética y responsabilidad en el manejo de la información en redes sociales. La situación se agrava cuando individuos sin formación académica ni compromiso moral asumen el rol de “influencers” y difunden mensajes nocivos, especialmente entre jóvenes de sectores vulnerables. Desde estas plataformas se promueve la peligrosa idea de que no es necesario estudiar ni prepararse, sino que basta con un teléfono móvil y el escándalo para alcanzar notoriedad o una supuesta prosperidad.
Las consecuencias de este fenómeno son cada vez más visibles. Se ha normalizado un lenguaje cargado de vulgaridad y se glorifican conductas reñidas con la ley, como la apología de la droga, el atraco y otras prácticas delictivas, todo en busca de una aceptación social tan efímera como vacía. A esto se suma que personas con escasos conocimientos tecnológicos se convierten en víctimas frecuentes de estafas, mientras otras, afectadas por problemas de autoestima, buscan validación en el mundo virtual, alejándose de su entorno familiar y de la realidad cotidiana.
Diversos especialistas advierten que el uso desmedido y mal orientado de las redes sociales genera adicción, deteriora las relaciones familiares y reduce la calidad de vida, al desplazar el tiempo que debería dedicarse a la crianza, la convivencia y la participación comunitaria. En no pocos casos, estas plataformas se convierten en escenarios de morbo, explotación y vulneración de la dignidad humana.
Ante este panorama, resulta impostergable abrir un debate serio sobre la responsabilidad individual y colectiva en el uso de las redes sociales, así como sobre el rol del Estado dominicano en el fortalecimiento de los mecanismos de regulación. No se trata de censura, sino de establecer reglas claras y un régimen de consecuencias para quienes utilicen estos espacios para dañar, engañar o incitar al odio.
Rescatar el verdadero valor de las redes sociales como instrumentos de información, educación y desarrollo social es una tarea urgente. De lo contrario, seguirán siendo percibidas no como un puente hacia el progreso, sino como un factor que profundiza el deterioro moral y social.